Diálogos Migrantes: La motivación

La motivación

Existe el derecho a migrar porque existe el derecho a una vida mejor

““A nadie sorprenderá que me identifique, e incluso que me sienta cómplice de exiliados, emigrantes, gente que busca una nueva vida lejos de su lugar de origen. El camarero salvadoreño en un restaurante de Los Ángeles, el tendero paquistaní en el norte de Inglaterra, el albañil senegalés en una obra de París, todos merecen nuestro respeto: cada uno de ellos ha realizado un viaje personal extraordinario para llegar a donde está, cada uno ha contribuido a la reorganización de la humanidad, cada uno es parte implícita de nuestra propia historia.” Sebatiao Salgado, fotógrafo y Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1998

Pero al final de todo, después de tanta búsqueda, la mejor respuesta a la pregunta  del por qué, la encontré en una aldea sarakollé del oeste de Malí: “¿Y por qué no?” me dijeron. “Si ustedes han hecho lo mismo durante años, si ustedes van y vienen a su antojo por el mundo, si aquí mismo han estado siglos llevándose lo mejor que teníamos, ¿por qué nosotros no vamos a ir a Europa?”. Pues eso” José Naranjo Noble, periodista, cubre hace más de una década la llegada de inmigrantes a las Islas Canarias.

Encuentro entre José Miguel y Biram

El emigrante huye de la ausencia de expectativas, de situaciones de conflicto o de la vulneración sistemática de sus derechos. En cierto modo, reacciona ante Estados e instituciones desleales que han dado la espalda al interés de sus ciudadanos.

Proyecto Diálogos Migrantes Joan Tomas

©Joan Tomás

José Miguel (Cuenca, España): José es otra víctima de la dictadura franquista. Su padre sufrió las represalias del régimen y el mismo padeció con 11 años un simulacro de ahorcamiento mientras trabajaba como pastor de ovejas. Fue tan grande el trauma que durante mucho tiempo sufrió de eccemas en los brazos y la boca. El médico del pueblo le decía que era una enfermedad de “mujercitas”. Luego del susto dejó el pastoreo para trabajar en una mina. Hacía lo que el cuerpo de un niño puede en semejante entorno: llevar agua a los mineros y poco a poco picar piedra. En 1953, a los 21 años, siguiendo los pasos de su hermano mayor, se vino a Barcelona, dejando  atrás el miedo y la falta de oportunidades a la que estaba condenado en su Cuenca natal.

Proyecto Diàlegs Migrants

©Joan Tomás

Primeramente empecé con ovejas, de pastor, por comer, porque en casa no había para poder comer. Y te daban de comer pero tampoco era gran cosa, así que cuando ibas por el campo y había algunas hierbas para comer aprovechabas […]. A los 11 años empecé de pinche en la mina, llevando agua a los trabajadores y cuando tenía tiempo picando. A la escuela no iba. Lo que sé me lo enseño mi padre porque entonces en el pueblo éramos todos iguales y mi padre nos daba lecciones. Cuando terminó la guerra los alcaldes se sacaron de encima los que estorbaban, entre ellos mi padre. Mi hermano el mayor se vino  el primero porque estaba trabajando en el campo y vino la guardia civil y le pegó un par de hostias. Estaba recién casado y dijo “a mí no me pegan más” y se vino a Barcelona. El arrastró a mi hermano Antonio y luego a mí. Mi hermana la mayor también estaba sirviendo en casas “de gente bien” aquí en Barcelona. Mi hermano me tenía un trabajo, ganando menos dinero que en el pueblo. 160 pesetas por semana. Luego me especialice como tornero y me fue mejor. Pero te digo que la hemos pasado canutas

Biram (Dakar, Senegal): Biram dejó su trabajo y casa en Dakar porque tenía “mono” de Europa. Veía a algunos de sus compatriotas que luego de un tiempo en Europa volvían e invertían sus ganancias en Senegal. Parecía fácil. Europa prometía ser el Dorado. Pensaba que aqui podía hacer realidad sus expectativas y ambiciones. Hoy siente que se equivocó pero ya no tiene vuelta atrás. Está dispuesto a pelearla hasta salir adelante. De momento vive un sueño roto.

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Yo no conocía el miedo o el hambre. Era comercial en una empresa de telecomunicaciones. Vendía telefonía por internet. Tenía un buen sueldo, primero me compré una vespa, luego un coche, vivía solo. Pero tenía el mono de venir a Europa y me cogí un barco…Cuando era joven soñaba con jugar al fútbol aquí pero luego sabía que no podía ser, con 25 ya me quite esa idea de la cabeza y seguí con mi trabajo. Pero como la gente cuando vuelve a África de Europa se compran coches, compran solares, ponen casas grandes, y dije, bueno, estoy aquí trabajando y bien pero si voy a Europa voy a tener mucho más. Pensé que iba a ser mucho más rápido tener lo que deseaba y por eso vine. Y no, no es lo que pensaba. La vida aquí es igual que en mi país, pero como uno no sabe se va. He perdido mucho. Y si vuelvo voy a perder más aún. ¿Dónde voy a trabajar? Si alguien me llama y me pregunta yo le aconsejo que si está trabajando allá se quede, aquí no hay nada. Pero no me creen, no. Cuando dices que la vida aquí es difícil ellos piensan que no le dices la verdad. Lo mismo me pasó a mí, antes de venir  tampoco les creía. Y me decían la verdad. Estoy aquí hace 5 años y la vida es muy muy dura

Crónica del encuentro por la periodista Zulma Sierra

José Miguel y Biram

“Tú reniegas en swajili y yo en catalán…
Yo blanco y tú como el betún
y, fíjate,
no sé si me gusta más de ti
lo que te diferencia de mí
o lo que tenemos en común”.

Así canta Serrat en “Te guste o no”, una canción que reivindica las diferencias como parte del sabor de la amistad y que nos viene bien como banda sonora para el encuentro entre Biram Ndiaye y José Miguel Díaz.

Cuando se vieron frente a frente,  ambos hombres se dieron cuenta de que los años ya han dejado huellas importantes. Y es que, aunque José Miguel gane en canas, Biram ya no es un jovencito. A sus 46 años le preocupa dejar su proyecto migratorio a medias y volver a Senegal apenas con lo puesto.

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No se lo puede permitir. Llegó vivo de milagro a una costa canaria en una patera con 65 personas a bordo y ha trabajado en casi todo lo que se la ha puesto por delante con tal de labrarse un futuro digno. Si volviera a su patria con las manos vacías se sentiría más que fracasado.

Lo mismo pensaba José Miguel, hace más de cincuenta años, cuando se bajó en la estación de trenes de Francia, en Barcelona. Por más miedo que le diera pasar hambre, tenía que alzar la cabeza y trabajar duro, pues no estaba dispuesto a volver a su pueblo, Talayuelas (Cuenca) sin nada qué ofrecerse como futuro.

A José Miguel lo ayudaba el hecho de contar con familiares en Barcelona; en cambio,  Biram no conocía a nadie cuando se instaló aquí. Sin embargo, a la hora de buscar trabajo, ambos se encontraron con la misma situación: empezaban prácticamente de cero, sin suficientes conocimientos sobre lo que se les ofrecía pero sí mucha voluntad para aprender y emprender.

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Biram, que en su país natal trabajaba como comercial de telecomunicaciones, aquí ha estudiado torno de fresa y cocina porque tiene clara su meta: montar un negocio propio cuando regrese a Senegal.

Pero es realista y sabe que el camino es largo. En un castellano, todavía con acento francés, Biram describe su estado de ánimo con la palabra “desolación”. Se siente frenado. Con mucha energía pero con las puertas cerradas para desplegarse.

Sin embargo, la historia de José Miguel de alguna manera le da esperanza. Él, que en su pueblo fue pastor y minero, aprendió el oficio de tornero en Barcelona y, a punta de esfuerzo, fue escalando posiciones en la empresa hasta jubilarse como el mejor.

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Los dos huyeron de los controles policiales cuando llegaron aquí y para los dos, el catalán ha sido un reto para mejorar su situación laboral y social.

En la conversación que mantuvieron en la primavera de este año, José Miguel parece haberle entregado el testigo a Biram para que haga el relevo, para que no desista. Biram lo acepta agradecido pero con algo de escepticismo: Europa no es lo que había soñado y el tiempo pasa más rápido de lo que necesita para lograr sus objetivos.

Pero, “mientras haya vida hay esperanza”, se repite el senegalés como un mantra contra el pesimismo.

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