Diálogos Migrantes: La Vida en Barcelona

La vida en Barcelona

La equiparación de derechos y la no discriminación son el único camino por el cual se puede llegar a desarrollar sentimientos de pertenencia en la sociedad que compartimos” Miguel Pajares, doctor en Antropología y miembro del grupo de investigación sobre Exclusión y Control Social en la Universidad de Barcelona.

Guillermo (México): Guillermo ahorró un dinero en México y se regaló una buena fiesta de fin de año en Barcelona. Pasado unas semanas quedó enganchado a la ciudad y decidió quedarse. En ese momento se dió cuenta de lo que era vivir en el limbo legal de los “sin papeles”. La inmigración irregular convierte a millones de seres humanos en fantasmas legales y sociales.  La inseguridad y la vulnerabilidad que los acompaña es la cara más amarga de la emigración que llega a Europa. Los inmigrantes irregulares constituyen la nueva cara de la pobreza y la exclusión en nuestras sociedades y se han convertido en un verdadero reto para la justicia social en nuestros países. Guillermo lo sabe muy bien.

Proyecto Diàlegs Migrants

©Joan Tomás

Me pedían mi número de seguridad social y mi dni. Yo sólo tenía mi pasaporte. Así fue que empecé a ubicar cual era mi situación. Fuí consiguiendo distintos trabajos, por poco tiempo, en negro, mal pagado. Pero luego ya no había suerte, si se puede llamar suerte, para los trabajos sin papeles. Y era terrible, era una agonía despertar y no hacer nada. Es como tener el full de reinas en la mano y que te digan tu no tiras, tu no tiras. Debido a un papel. Espero poder tenerlo para continuar mi camino. No voy a darme por vencido. En este tiempo me he generado mi propio trabajo. Pensé yo, si ellos no me dan trabajo yo lo haré, vendiendo quesadillas, haciendo grafitis….Aparte de estos trabajitos que he tenido o me he inventado me estoy apoyando en lo que yo pensaba que no era importante, estoy estudiando. He aprendido el catalán, estoy estudiando cocina. El tiempo que he estado aqui me a enseñado a ser paciente. Estoy descubriendo un Guillermo que no conocía

Antonio (Cuenca, España): Antonio buscó un destino diferente al de su padre pastor. De niño lo acompañaba al campo y lo había visto trabajar duramente, sin descanso, durmiendo a la intemperie. Su padre jamás en la vida tuvo un día de fiesta. Eso fue lo que le hizo venir a Barcelona. Tenía a su hermana y su cuñado quienes le ofrecieron trabajo en una curtiembre. Los primeros meses vivió con ellos en una barraca en el Somorrostro. Cuando vió la miseria del barrio tuvo un enorme deseo de volver a su pueblo. Pensaba que Barcelona era otra cosa. Luego se instaló en el barrio La Ribera. Eran 15 en el piso y 4 en su dormitorio. Al principio cobraba una miseria pero poco a poco las cosas fueron mejorando. Hoy es feliz de haberse instalado en Barcelona.

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El Somorrostro era una rista de barracas, ahí donde están las Torres de Mapfre. Todo eso eran barracas, ahí no había playas, era un estiercolero. Teníamos que salir a hacer nuestras necesidades en el campo libre….Cuando llegué a Barcelona me sacó mi cuñado por un “bujero” que había en la pared, allí en la estación, para evitar el control en la puerta principal. Tenía mucho miedo que me llevaran a las Misiones. Y ahí, pasando por el hospital de los infecciosos me llevó a las barracas. Cuando llegué y vi aquella miseria, aquel barrio negro, las carbonillas y los deshechos de las fabricas, uff, si en aquel momento me hubiera podido ir con mi pensamiento a mi pueblo me hubiera ido sin dudarlo. Cuando vi aquello se me cayó el alma al suelo. Vivía mucha gente. Mi hermana tenía una barraca buena, dos habitaciones y un comedor, dentro de la casa pues bien…pero ver lo que había alrededor…para mi fue muy horrible aquello

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Crónica del Encuentro por la periodista Zulma Sierra

Guillermo y Antonio

Las pocas noticias que se publican sobre los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) sorprenden porque evidencian que se puede mantener encerrada a una persona sólo por el hecho de ser un inmigrante ‘sin papeles’. Lo que según la ley es una falta administrativa, parece transformada en delito cuando el indocumentado es retenido hasta por 60 días en condiciones muy cuestionables.

La sociedad catalana poco o nada sabe del CIE que está ubicado en Zona Franca, pero los extranjeros sí. Han oído de él por otros inmigrantes que salieron tras demostrar que están lo suficientemente arraigados o que tienen en trámite un permiso de residencia y trabajo.

Pero el concepto de CIE no es nuevo. En los años cincuenta, cuando Barcelona prometía trabajo para los recién llegados, existía Misiones, un viejo pabellón que sirvió para la Exposición Universal de 1929 y que terminó sirviendo como centro de internamiento para quienes venían de otras regiones de España en busca de oportunidades en Catalunya, pero sin los permisos exigidos.

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Los ‘sin papeles’ de aquella época también sabían de Misiones por boca de los que burlaban la deportación, intentando una y otra vez entrar a Barcelona.

Antonio Martínez era uno de los que le tenía miedo a Misiones y por eso, cuando llegó a la Estación de trenes de Francia, salió corriendo por detrás. Sabía que por ahí se salía directamente al Somorrostro, el barrio de barracas en el que se hacinaban familias enteras en condiciones insalubres, pero lejos de la mirada policial.

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Cuando conoció a Guillermo Reyes, un mexicano indocumentado que lucha sin descanso para abrirse paso en la sociedad catalana, Antonio recordó aquellos tiempos en que la migración no era de extranjeros pero sí de españoles que también huían de la desesperanza.

Guillermo, que a sus 26 años, no quiere oír hablar de derrota y mucho menos de deportación, estudia cocina y se esfuerza en hacer sus mejores prácticas para conseguir los ansiados ‘papeles’.

Además de un formalismo legal, Guillermo considera que su documentación es un reto personal, una forma de demostrarse que puede alcanzar lo que se propone y que, con el paso de los años, ha ganado en paciencia y perseverancia.

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Su encuentro con Antonio lo motivó aún más, pues aprendió una parte de la historia de España que desconocía y sintió que, a pesar de las dificultades vividas aquí, no se puede comparar con las penurias sufridas en las barracas.

Ambos se respetan y se admiran y saben que, aunque en circunstancias muy diferentes, ambos han tenido el valor para retar el destino y comenzar, prácticamente de cero, en una ciudad desconocida pero fascinante.

Toda la gente a todas horas está migrando de un lado a otro. El mundo es de todos y para todos y aunque exista una ley de extranjería en cada país no quiere decir que no seamos libres para movernos”, opina Guillermo.

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Antonio, por su parte, es más realista y –si se quiere- pesimista. “Hay cinco millones de parados en España. Si hubiera trabajo para todos, pues bienvenidos serían más extranjeros, pero no lo hay. Es triste, pero es la realidad: si la gente viniera ya con trabajo estaría muy bien”.

Guillermo es consciente de ese punto de vista, compartido por muchos y animado por informaciones imprecisas sobre cómo viven o qué recursos utilizan los inmigrantes, pero no se deja convencer: “La crisis es culpa de los políticos; ellos son los que marcan la pauta económica, los que deciden qué hacer con el dinero de todos. ¿Por qué no se les reclama por todo lo que han robado?”, se pregunta con insistencia.

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