Testimonios

Historias sin Fronteras

La periodista Zulma Sierra ha realizado un perfil de cada uno de los testimonios del proyecto Diálogos Migrantes. Aqui os los presentamos. Las fotos son del reconocido fotográfo Joan Tomás (www.joantomas.net).

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Biram

Estoy viviendo un sueño roto

Proyecto Diàlegs Migrants

©Joan Tomás

Como tantos jóvenes senegaleses, Biram Ndiaye pensaba que su talento para el fútbol lo llevaría muy lejos. Es decir, a Europa.

Pero el tiempo fue pasando y cuando cumplió 25 años se dio cuenta de que ya era muy viejo para dedicarse profesionalmente al fútbol pero seguía siendo joven para alentar el sueño de salir del país.

“Veía que mucha gente venía aquí, y al volver a Senegal conseguía casas, solares, coches… Estaba seguro de que si viajaba yo, conseguiría mucho más”, explica Biram en un castellano con rastros de francés.

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Y pese a que en Dakar, su ciudad natal, trabajaba como comercial en una empresa de telecomunicaciones, con un buen sueldo y un coche propio, Biram no se sacaba la espinita de traspasar fronteras: “tenía el mono. Era un desafío conmigo mismo y también con mi padre que no se creía que yo fuera capaz de emprender el viaje por mar”.

Era lógico el escepticismo. La única experiencia de Biram con el mar se reducía a algunas mañanas apacibles de pesca, así que dejó a muchos con la boca abierta cuando avisó que se iba, que ya había pagado mil euros para subirse a un barco de alimentos, pero con literas cómodas para un recorrido tan largo.

Ni barco, ni literas, ni comodidades.

Una vez en alta mar, Biram supo que iba en una patera con 65 personas más y en ese momento, su deseo más grande no era ver la costa sino sobrevivir a un naufragio.

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“Cuando ya estás montado ahí te dices que eres tonto, que nunca llegarás a España en eso, pero no hay vuelta atrás. Salimos un sábado por la noche  y nos dedicamos todo el camino a sacar agua. No podíamos tumbarnos, teníamos que venir todo el tiempo sentados y hubo gente que entró en pánico…” describe Biram moviendo las manos como si el agua lo estuviera inundando todo.

Diez días de viaje culminaron por fin en una playa de Santa Cruz de Tenerife, pero Biram no sabía si saltar de alegría o estirarse en medio de la arena y dar gracias de estar vivo.

No tuvo mucho tiempo para pensar. La policía decidió que debía permanecer treinta días en el Centro de Internamiento para Extranjeros para luego deportarlo. Era como retroceder diez casillas en el tablero de juego, pero Biram no tenía muchas cartas a su favor: estaba en un país extraño, no dominaba el idioma y no tenía documentación.

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Deportado a Madrid

Una vez en el avión con rumbo a quién sabe dónde, Biram no podía dejar de pensar en que su sueño europeo se había esfumado demasiado rápido. Sin embargo, su sorpresa fue mayor al comprobar que aterrizaba en Madrid, en pleno centro de España y que la Policía les dejaba a él y a sus compañeros el camino libre “para buscarnos la vida”.

Seis meses sin trabajar, durmiendo en casa de un conocido, lo tenían al borde de la desesperación, pero finalmente consiguió un trabajo para cargar y descargar mercancía en Mercamadrid gracias a un permiso de trabajo ajeno.

La modalidad consiste en alquilar un número de NIE y de Seguridad Social que el interesado compra por 250 euros mensuales.

Así estuvo dos años hasta que decidió viajar a Barcelona y retar de nuevo al destino. Con un curso de torno de fresa, otro de catalán y actualmente, uno de cocina, Biram intenta darle un giro a su vida para sentir que estos cinco años en España han valido la pena.

“De momento ningún sueño de los que tenía sobre Europa se ha cumplido. Cuando llegué pensaba que podía estudiar más para luego tener un buen trabajo pero nada se ha cumplido”, cuenta este hombre serio y reflexivo, preocupado porque a sus 46 años no puede regresar a Senegal con las manos vacías.

“Si hay vida hay esperanza”, se convence a sí mismo, “aquí por lo menos puedo aprender algo, cambiar de oficio y si me sale algo podré volver y trabajar para  mí mismo”.

Con esa meta clara y sin ningún espejismo sobre lo que significa Europa, Biram emprende esta nueva etapa de su vida con los pies muy bien puestos en el suelo. De hecho, siempre que puede le recomienda a sus amigos que los piensen bien antes de aventurarse y que si tienen trabajo en Dakar, es mejor que lo conserven. “Les digo que aquí la vida es muy difícil pero no me creen. No los culpo. Yo mismo pensaba así”.

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José Miguel

Pero te digo que la hemos pasado canutas

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©Joan Tomás

Era la primavera de 1940 en la población de Talayuelas, Cuenca. La Guerra Civil permanecía viva en la memoria del pueblo, pero  la máxima preocupación de José Miguel Díaz en aquel momento era que las ovejas que cuidaba no se comieran la viña.

Como casi todos los niños,  a sus ocho años de edad, tenía que trabajar para comer.

Cuidar las ovejas era su gran responsabilidad así que cuando los guardias civiles le acusaron de haber vendido dos a los ‘maquis’ que se escondían en el pinar, José Miguel respondió como mejor sabía, con firmeza: “les dije que las contáramos en el cuartel y que si faltaba alguna, entonces era mi culpa”.

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Tanta altanería le costó caro, pues los guardias le echaron una soga al cuello y lo amenazaron con colgarlo y ahorcarlo. Hoy, con la cabeza fría, José Miguel cree que no se iban a atrever a tanto, que sólo querían asustarlo, pero vaya que lo lograron.

El miedo le dejó secuelas psicológicas que ningún médico se tomó en serio, de manera que a sus once años tomó la decisión de cambiar de oficio: dejaba el pastoreo para dedicarse a la minería. Bueno, en principio su tarea consistía en llevar agua a los trabajadores pero en sus ratos libres se dedicaba a picar, como cualquier minero.

No eran tiempos fáciles para España y mucho menos para una familia que, como la de José Miguel, parecía destinada a toparse con los militares: su padre cayó preso, acusado de ser ‘maqui’ y a uno de sus hermanos lo golpearon “porque blasfemó diciendo que se cagaba en Dios”.

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Fuera de Cuenca

Tanta represión, unida al hambre que se vivía en Talayuelas, maduraron en él la idea de marcharse lejos.

Sus hermanos mayores ya habían dado el paso instalándose en Barcelona. Era su turno. Con 21 años y más dudas que nunca, tomó un tren que lo llevaría en un largo viaje de 24 horas hacia esa ciudad que prometía trabajo para todos los forasteros.

La ilusión era mucha, pero cuando consiguió su primer trabajo, como tornero, se dio cuenta de que la realidad era más difícil de lo que había imaginado. “Ganaba menos que en el pueblo y tenía que trabajar duro haciendo tuercas y arandelas”, recuerda de aquellos primeros meses en los que, además, debía pedir ayuda para entender las órdenes del jefe, que hablaba catalán.

Poco a poco se fue especializando en torno revólver, es decir, en hacer tuercas para motores en roca, y aunque su jornada comenzaba a las 5:00 de la mañana y terminaba a las 10:00 de la noche, nunca se quejaba porque terminó cobrando más que cualquiera de sus compañeros.

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Pero como buen inmigrante, José Miguel también conoció de cerca la persecución a la que eran sometidos los recién llegados a la Estación de trenes de Francia. “El día que fuimos a recoger a un primo y a mi hermano mayor nos paró un policía y sin mediar palabra nos dijo que se los llevarían a Montjuïc. Todos sabíamos que esa era la cárcel para los inmigrantes y nos dio miedo, pero nos salvó un comisario que resultó ser familiar nuestro y que con el tiempo se convirtió en el primer presidente de la Casa de Cuenca”.

Hoy, casi 60 años después de haberse instalado en esta ciudad, José Miguel dice no haber sufrido el desarraigo porque llegó a vivir con su hermano y su cuñada; pero es capaz de defender sus raíces casi con la misma fuerza que su paso por Catalunya. “El año pasado fui a mi pueblo a pasar la tarde en la pista de petanca y nada más bajarme me dijeron: ‘¡Mira! Ha venido un catalán’. Aquello me fundió”, explica con la decepción que sintió en aquel momento.

“Me considero catalán porque en Barcelona he vivido  más de cincuenta años y en Cuenca sólo 20 y no me gusta que se diga que aquí obligan a la gente a hablar catalán. Eso no es verdad. Lo que yo hablo lo hablo por mi propia voluntad”.

Jubilado y con los recuerdos más vivos que nunca, José Miguel quiere contar una y otra vez su testimonio como migrante, “porque nadie se cree que la hayamos pasado mal” y porque la historia parece condenada a repetirse con los nuevos migrantes, venidos de diferentes rincones del mundo.

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Diálogo entre Biram y José Miguel: La Motivación

Existe el derecho a migrar porque existe el derecho a una vida mejor. El emigrante huye de la ausencia de expectativas, de situaciones de conflicto o de la vulneración sistemática de sus derechos. En cierto modo, reacciona ante Estados e instituciones desleales que han dado la espalda al interés de sus ciudadanos.

 

©Joan Tomás

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Soly

“¿Porqué buscar tanta fuerza y energía para coger un camino tan duro para llegar a este país?”

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La distancia entre Madrid y Dakar es de 3145 kilómetros. Ahora bien, si el camino lo tienes que hacer por Mauritania, atravesando el desierto del Sahara, para luego llegar a Marruecos y de ahí, embarcarte a España, el recorrido puede ser eterno.

Pero a Malamine Soly no lo desvelaba especialmente la longitud del viaje. Cuando se tienen 20 años el mundo parece más pequeño y los sueños más fáciles de alcanzar; de manera que después de pensárselo durante seis meses, abandonó sus estudios y pagó 500 euros para lanzarse a  la aventura.

En aquella época “mucha gente salía de Senegal hacia Europa y en dos o tres años volvía con casa, mujeres guapas, muchas cosas… ¿por qué no probar esta experiencia?”

¿Por qué no? La respuesta la encontró rápidamente en medio del desierto. Los siete días que, se suponía, pasarían en el Sahara se convirtieron en diez y los hombres que lideraban el viaje, se largaron con el dinero de las 16 personas que, junto con Soly, esperaban alcanzar el sueño europeo.

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“La gente que nos dirigía no pagó a la Policía para que nos dejaran pasar. Nos dejaron solos y lo peor es que no sabíamos cómo movernos. Llegó un momento en que solamente veía el azul del cielo; no había nada más a mi alrededor. Lo bueno es que llegamos a un lugar con comida y gente. Allí acampamos y decidimos que seguiríamos el camino”.

Caminaron casi doce horas y cuando por fin llegaron a la frontera con Marruecos, la Policía los detuvo y según explica Soly, les ataron con cuerdas durante toda la noche, expuestos al frío. “A la mañana siguiente nos metieron a todos en una habitación súper pequeñita pero como no podían darnos de comer a todos, nos metieron en una furgoneta y nos dejaron otra vez en la frontera. Nos bajaron uno por uno con pistolas en la nuca y nos dijeron que si nos volvían a ver por ahí nos matarían”.

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A la segunda, la vencida

La experiencia lo marcó pero no lo derrotó. Un año después, tomaba de nuevo sus cosas para salir de Senegal y dirigirse directamente a la playa de Nuadibú, en Mauritania, desde donde una patera lo llevaría a Las Palmas de Gran Canaria.

Después de cinco días en alta mar, por fin pisó suelo español. La fecha nunca la olvidará: era el lunes 27 de julio de 2006 y aunque lo primero que conoció fue el Centro de Internamiento para Extranjeros, Soly dio gracias al darse cuenta de la suerte que tenía de estar vivo. Allí supo de pateras con más de cuarenta personas de las cuales sólo llegaba la mitad porque muchos se desesperaban y se tiraban al océano y otros morían en el camino.

“Si tuviera que volver no lo haría por mar. De eso sí que me arrepiento, porque es muy arriesgado. Una cosa es buscar fuerza y solución a tus problemas y otra es vender tu vida. Pero eso apenas lo entiendes cuando estás aquí y ves que has sobrevivido. Todavía tengo amigos allí que se quieren venir como sea y yo les aconsejo que esperen, que ya buscaré una forma segura de traerlos”.

Pero no todos sus amigos le creen y es fácil de entender.  Con un desempleo que roza el 48% y una economía dependiente de sectores primarios como la minería y la pesca, son muchos los jóvenes senegaleses que apuestan lo poco que tienen por llegar a Europa.

Y aunque Soly dice sentirse satisfecho con lo que ha logrado aquí, aún no puede hablar de éxito.

Después de 25 días en el Centro de Internamiento se dirigió a Granada donde un conocido suyo le ayudó a conseguir un trabajo como albañil. De hecho, una de sus metas era aprender mucho sobre este oficio y devolverse a Senegal para ayudar en la empresa de construcción de su padre; pero la crisis dejó caer como un castillo de naipes todo el sector inmobiliario y Soly tuvo que replantearse de nuevo su vida en este país.

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Su brújula apuntó hacia Barcelona y en esta ciudad se reinventó. Venía de visita, por una semana, pero se dejó atrapar por la movida cultural catalana. Tenía un grupo de teatro con el que alimentaba su gran pasión artística pero también se encontró con que aquí podía cambiar de oficio. “Me formé en Mescladis como ayudante de cocina y ya he trabajado en un restaurante. Además, soy monitor de niños en la escuela San Felipe Neri. Me encanta enseñarles recetas de diferentes países”.

Y por la energía que transmite cuando habla, Soly también podría dar conferencias sobre motivación. En cada frase procura utilizar las palabras “lucha”, “esperanza” y “superación” y su seguridad es tal que parece tener las respuestas precisas para cada dificultad.

“Creo en mí mismo y quiero tener mis propias cosas. Quiero vivir la vida según me la he currado y pensado”, dice con entusiasmo. “Para mí siempre hay que estar positivo y luchar por lo que uno quiere. Hay que luchar, afrontar la vida y buscar caminos a los problemas porque siempre hay solución”.

Será por esa actitud que a Soly no lo desvelan ni los políticos que hablan mal de la migración ni la discriminación que ha tenido que afrontar por su origen. Él tiene claro que salió de Senegal para mejorar su vida y no va a permitir que se lo impidan.

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NOTA: Recientemente realizaron un programa donde Soly comparte su historia y experiencia. Aqui tienes el link para ver en el programa Tot un Mon el capítulo “Viatje Arriscat” de la televisión catalana TV3: http://www.tv3.cat/videos/3957350/Viatge-arriscat

 

Pepe

No sabe de discriminación, sólo de tenacidad

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©Joan Tomás

José Badía es uno de esos ancianos entrañables que puedes ver en la banca de un parque sin mayores preocupaciones ni prisas.

Sin embargo, hubo un tiempo en que ‘Pepe’ fue un indeseable. Corrían los años 50 y cientos de españoles huían del hambre y se refugiaban en Catalunya con la esperanza de encontrar trabajo.

Como no traían un contrato bajo el brazo no eran bien recibidos por las autoridades. Eran “ilegales” y, por lo tanto, un peligro para la sociedad.

Pero a sus 25 años ‘Pepe’ no entendía de discriminación. Él sólo quería trabajar pues hasta ese momento había dependido económicamente de sus hermanas, que eran modistas.

Así se lo explicó al policía, vestido de civil, que encontró en la estación de trenes de Francia.

Su ingenuidad le costó ocho días de reclusión en el Palacio de las Misiones. Aquel sitio, construido como pabellón de la Exposición Internacional de 1929, servía para contener la oleada migratoria, pues allí eran llevados los ‘sin papeles’ hasta que se les deportaba a sus regiones de origen.

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‘Pepe’ no recuerda con exactitud los detalles de su paso por Misiones, pero sí tiene claro que en una sola habitación se hacinaban muchos que, como él, sólo querían un mejor porvenir.

Y seguramente fue ese encuentro con otros luchadores como él lo que le sirvió para llenarse de fuerza y convencerse de que debía volver a intentarlo cuantas veces fuera necesario.

Por eso, cuando lo metieron en un tren de vuelta a Xàtiva (Valencia), él ya había planeado cómo devolverse: “en la estación de Valencia me cambié de andén y me monté otra vez en el tren que traía a Barcelona. Me senté en el último vagón y cuando el revisor vino a preguntar si tenía billete, corrí como pude”, explica ‘Pepe’ con tal naturalidad que parece experto en el arte de la huída.

Salvado el primer obstáculo venía lo más complicado: cómo salir sin ser atrapado.

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En Misiones había aprendido que lo mejor para entrar a Barcelona era bajarse en la estación de Gràcia y no en la de Francia, como hacía la mayoría de la gente.

Esta vez, la suerte estuvo de su parte y, una vez fuera de Gràcia, ‘Pepe’ consiguió trabajo como paleta y luego, como excavador para las tuberías del gas.

De monaguillo a ordenanza

Pero, sin duda, el trabajo que realmente lo marcó fue el que encontró en una iglesia de la calle Enric Granados. “Me dijeron que me darían de comer si fregaba platos y encendía los cirios. Así fue como empecé”, explica mientras mira al vacío, como si tuviera la iglesia al frente y el tiempo hubiera retrocedido para refrescar su memoria.

Las cosas no le podían ir mejor. Dos días después de su llegada a la iglesia, trabajaba como monaguillo en otra parroquia de la calle Mallorca. Se levantaba a las 5:00 de la mañana, tocaba la campana, ayudaba en la misa y rezaba el rosario por las tardes.

“El rosario era para cuatro beatas que siempre iban a la iglesia y como a mí me gustan las mujeres pues a una le picaba el ojo, a la otra le tiraba besos…” ‘Pepe` se interrumpe para reírse con picardía de una  travesura que le costó el trabajo como monaguillo pero que le valió la simpatía del prior.

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Era evidente que este valenciano no tenía madera para la vida eclesiástica así que el prior le entregó una carta de recomendación para que lo contrataran en la empresa de tranvías de Barcelona.

El enchufe fue más que suficiente porque al otro día tenía trabajo como ordenanza en los tranvías. Empezaba así su nueva vida en Barcelona y por fin cumplía el objetivo que se había propuesto en la estación de trenes de Valencia cuando se subió a aquel vagón sin billete.

“Me jubilé en los tranvías y siempre le estaré agradecido a esta tierra por haberme dado trabajo y estabilidad. ¡Me siento muy catalán!” exclama sonriente.

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Diálogo entre Pepe y Soly: El Viaje

Muy poca gente abandona sus raíces por gusto. La mayoría se ve obligada a convertirse en emigrantes, refugiados o exiliados por fuerzas que no pueden controlar, por pobreza, la represión o las guerras. Huyen con las escasas pertenencias que son capaces de acarrear y se ponen en marcha como pueden, a bordo de barcos desvencijados, en trenes abarrotados, apretujados en camiones o a pie. Viajan solos, en familia o en grupos. Algunos saben adónde van y confían en que les espera una vida mejor. Otros se limitan a huir, satisfechos con estar vivos. Muchos de ellos no llegaran con vida a su destino.”  Sebastiao Salgado, fotógrafo y Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1998.

La emigración debería ser un fenómeno voluntario, informado y seguro. Pero la manera en que se restringe el movimiento internacional de personas es una invitación directa a la migración irregular. Millones de personas se desplazan cada año de un país a otro de forma irregular, arriesgando sus propias vidas.

 

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Mercè

Una niña exiliada a la fuerza

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Mercè no pudo hacer la primera comunión. Su abuela tenía todo listo para el evento y el vestido era tan lindo que la niña no veía la hora de estrenarlo. Pero el día no llegó, porque su padre se opuso tajantemente y le ordenó que viajara cuanto antes a Francia.

Allí, en Toulouse, la esperaban papá y mamá, pero antes de partir, la pequeña Mercè Hortoneda Teixidor le prometió a su abuela que en cuanto pudiera, volvería a Barcelona.

La historia comenzó en 1938 cuando el señor Hortoneda  buscó exilio en el país vecino. En plena guerra civil, su condición de rojo, de maqui, lo ponía en peligro, así que tenía que proteger su vida y la de su familia.

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Una vez instalado en Francia, mandó por su esposa, quien tuvo que intentarlo dos veces antes de lograr cruzar la frontera. Cinco años después fueron Mercè y su hermana las que viajaron en coche y camión para completar la familia y comenzar de nuevo.

“Fueron años muy duros porque aún estando en Francia, cada vez que tocaban a la puerta mi papá se escondía en unos portigones, cerca de la ventana.  Tenía mucho miedo”.

Apenas tenía 9 años, pero lo recuerda todo con tal claridad que hasta detalla la calle en la que vivían: la Rue Fiex, y revive con dolor lo mal que lo pasó en sus primeros meses de escuela. “Cuando íbamos al colegio, a mi hermana y a mí nos gritaban ‘españolas de mierda’, ‘moras’, ‘sucias’ y no nos juntábamos casi con nadie. Nos hacían de lado y yo le decía a mi madre cada día que no quería ir a clase. Además estábamos en una clase separadas porque no sabíamos francés.”

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Poco a poco, su simpatía logró lo que en principio parecía imposible: hacer amigas. “Todo mejoró bastante pero ese trato que recibimos al llegar es una cosa que se me ha quedado grabada para siempre”.

Otra escuela, dedicada a la enseñanza del francés para españoles, marcó otra etapa definitiva en la vida de Mercè. “Uno de los compañeros necesitaba hacer sus prácticas en francés para instalar aires acondicionados y calefacción. Su plan era irse a España para montar su negocio. Cuando me lo comentó, me dije ‘éste es mi hombre; me voy a casar con él’”.

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De vuelta a casa

Dicho y hecho. A los 18 años, Mercè le cumplió la promesa a su abuela y volvió a Barcelona de la mano de su marido. “Mi papá me dijo ‘vas a ser la única catalana de la familia’ y así ha sido. Mi hermana se casó con un francés así que todos mis sobrinos están allí”.

Fue precisamente un sobrino el que le hizo sentirse extraña, de nuevo en Francia. “Hace cuatro años mi mamá estuvo en la clínica y cuando fui a visitarla le hablaba en catalán. Mi sobrino me dijo que si estaba en Francia debía hablar francés pero no le hice caso. Yo seguí hablando en catalán porque siempre he hablado en esta lengua con mi familia. ¡Si quisiera, podría hablar en francés!”

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A estas alturas de la vida, con 76 años a cuestas, Mercè no está para este tipo de imposiciones.

Bastante segregación vivió en la infancia por hablar otra lengua y venir de otro país como para tener que pasar de nuevo por ahí. Ella no entiende que esas circunstancias marquen definitivamente la convivencia en una sociedad.

“Me encanta que los inmigrantes aprendan catalán porque es la lengua que hablamos aquí y porque quiero mucho mi tierra, pero si alguien sólo entiende español no tengo problema en hablarle en español”, reconoce Mercè quien nunca perdió la costumbre de presentarse como catalana incluso cuando ya dominaba el francés y hacía parte de aquella sociedad.

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Niolvis

Cansada de huir de la Revolución

©Joan Tomás

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En su casa de Cuba cocinaban “monchetas”, rezaban a la Virgen de Montserrat y cantaban habaneras. Por eso, cuando tuvo que salir huyendo, Niolvis no lo pensó mucho: “podía elegir entre Estados Unidos y España, pero decidí venir aquí porque soy nieta de canarios y bisnieta de catalanes”.

En su árbol genealógico también hay mulatos y criollos; sus tíos “son de todos los colores”, de manera que la palabra racismo no tuvo ningún significado para ella, hasta que llegó a Catalunya. “Sentí el rechazo por ser negra, por ser de otro país y eso me hizo mucho daño. Fue muy triste encontrarme con que me rechazara el sitio que se suponía me iba a recibir bien porque aquí tenía mis raíces.”

Han pasado doce años desde que pisó esta tierra y aunque el apoyo de sus amigos ha sido fundamental para “sobrevivir” aquí, es indudable que su propia fortaleza y simpatía han sido claves para abrirse puertas.

©Joan Tomás

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Y pese a que hoy en día se siente más cómoda que nunca,  Niolvis Izquierdo Capote no está del todo bien. Todavía no puede hablar libremente con su madre y sus hermanas, residentes en Cuba y eso la mantiene tan angustiada como el día que decidió salvarse, huyendo de la Isla.

Fotógrafa incómoda

Para ella, como para casi toda su generación, Fidel Castro era mucho más que un comandante, era la encarnación de la justicia, el único capaz de dar grandeza, libertad y soberanía a los cubanos.

“Cuando triunfó la Revolución todos nos hicimos jóvenes comunistas pero con los años me fui dando cuenta de que ésta no era la revolución del pueblo sino una dictadura. Me empecé a cuestionar por qué no podía hablar de ciertos temas o por qué no podía quejarme cuando algo iba mal”.

©Joan Tomás

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Además de cuestionar, Niolvis sabía usar su cámara fotográfica para denunciar; así que su lealtad a la causa revolucionaria pronto se fue desmoronando.

“Como profesora de fotografía les pedí a mis estudiantes que tomaran fotos de las cosas con las que no estuvieran conformes, cosas que les desagradaran de la Revolución. Hubo fotos de policías pegando a las personas, de manifestaciones interrumpidas de manera violenta, de manifestaciones de mujeres con las que se usó la violencia extrema y también hay una foto que espero salga a la luz algún día: la de un compañero que murió en una Estación de Policía pero lo dieron por muerto de un infarto”, recuerda con una mezcla de rabia y tristeza.

Aquella exposición estudiantil le costó tres años de persecuciones, la pérdida de su trabajo y el acoso constante para su familia.

©Joan Tomás

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Usar la cámara para dudar fue su billete de ida para el exilio.

La única solución era salir del país casada con un extranjero, de manera que sus amigos en la disidencia la conectaron con Pepe, un español dispuesto a ayudar. Y lo que empezó como una complicidad política se fue transformando en amor. Tanto, que fruto de aquella relación de once años quedó Adrián, su segundo hijo.

Su hijo mayor, Andrés, nacido en Cuba, se reunió con ella un año y medio después de instalada en España. “Si no me caso no lo puedo traer, pero de todas maneras me pusieron un montón de trabas”.

 ‘Ya no torno’

Ella, que en este país ha sido vendedora de biblias, de seguros, de libros y hasta de colchones, sabe que su vocación de fotógrafa continúa intacta.  “Cuando llegué a Barcelona, tomaba fotos de casi todo porque me encanta la ciudad pero me ponía un poco triste así que fui dejando el oficio”.

Sin embargo, es probable que pronto tengamos el placer de ver de nuevo su trabajo gráfico, pues hace poco confesó que le hubiera encantado tener a mano una cámara para registrar las cargas policiales contra los indignados del movimiento 15-M.

©Joan Tomás

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Hoy en día, Niolvis sabe que las ‘monchetas’ que cocinaban sus tíos en La Habana son las mismas mongetes catalanas y esa certeza la ata mucho más a su pasado y a su presente.

“Ya no torno”, repite segura. Aquí tiene su vida pero en cuanto se sienta libre para volver a Cuba seguro que emprenderá el camino y entonces, sólo entonces, cerrará el círculo del exilio para iniciar un continuo viaje de ida y vuelta manteniendo una imagen suya en cada orilla del Atlántico.

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Diálogo entre Mercè y Niolvis: El choque migratorio

A la hora de afrontar las migraciones presentes y futuras tendremos que tener presentes estas experiencias pasadas pero vivas. Porque ya ha pasado antes que venga más gente de la que cabe”, que no se adapten a nuestras costumbres”, que pretendan mantener o reconstruir una parte de ellos como “refugio identitaropy que alguien pruebe de “solucionar” el problema de su llegada excesiva” por la vía de la detención, el encarcelamiento y la deportación, sin que llegue a “solucionar” nada, obviamenteMartín Marín, profesor de historia contemporánea UAB en el libro Memorias del viaje, 1940-1975“.

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© Joan Tomás

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Antonio

Cuando vi aquello se me cayo el alma al suelo

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Antonio Martínez Patiño cierra los ojos y ve la Barcelona de los años cincuenta: las torres Mapfre no existen y el Hospital del Mar se conoce como el  Hospital de Infecciosos. A su alrededor, se alzan barracas hechas con tablas, cartones, barro y latas que el mar arrastra cada vez que quiere. El lugar también sirve como vertedero  de residuos industriales, de manera que los malos olores y las enfermedades están a la orden del día.

Estamos en el Somorrostro, el barrio al que llegan las familias inmigrantes y gitanas provenientes de diferentes regiones de España.

Aquí no hay espacio para las lamentaciones, sólo para sobrevivir con los trabajos que se  puedan conquistar en una Barcelona creciente e industrializada.

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“Mi hermana tenía una barraca buena con dos habitaciones y comedor, pero aún así a mí se me cayó el alma cuando vi cómo vivía. Tanta pobreza, tanta miseria, tanto lodo… cuando conocí el Somorrostro estuve a punto de devolverme a mi pueblo”.

Pero Antonio no se iba a marchar tan pronto. Para él era más importante asumir el reto que lo había traído desde la Alberca de Záncara (Cuenca) y labrarse un futuro en Barcelona. Esta ciudad prometía dinero a quien estuviera dispuesto a trabajar y él estaba más que listo.

Claro que antes de aventurarse, todo el que llegaba debía superar el interrogatorio de la Policía en la Estación de Francia. Si no demostraba que tenía trabajo y vivienda, el migrante era llevado al Palacio de las Misiones de Montjuïc. El lugar, muy cerca del Palacete Albéniz, estaba bastante alejado de la mirada de los barceloneses. De hecho, muy pocos sabían de su existencia. Pero los migrantes sí: ellos sabían que si terminaban durmiendo allí, sólo saldrían para ser deportados a sus regiones de origen.

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“Venía muy asustado en el tren porque nunca había salido de mi pueblo y tenía mucho miedo de las historias que se contaban de Misiones. Por eso, cuando mi cuñado me recogió en la Estación de Francia, rápidamente me llevó a la parte de atrás y por ahí nos salimos directo al Somorrostro”.

Pastor constructor

Era el 28 de agosto de 1957. A sus 19 años, Antonio empezaba una nueva etapa en su vida. Compartía cuarto con cuatro primos pero en aquella barraca se contabilizaban unas quince personas: “Todo el que podía alquilaba para ganarse unas pelas, porque no había dinero”.

Su cuñado le había conseguido trabajo en la fábrica de curtidos en la que trabajaba, pero lo que ganaba apenas le permitía pagar el cuarto y la comida, así que decidió buscar otra cosa.

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Sólo había tenido experiencia como pastor de ovejas en su pueblo, pero aún así lo contrataron como albañil. “Durante tres años aprendí mucho y luego me pasé a la fábrica del gas, donde ganaba más pero había que quemarse hasta los hígados. Otros tres años y volví a la construcción que ha sido mi vida desde entonces. Siempre en Barcelona y durante 32 años como autónomo. “

Al trabajo nunca le huyó, pero la vivienda estable se le resistía. Después de compartir habitación con sus primos, se fue a casa de una tía y luego con unos amigos, hasta que se casó: “en ese momento me fui a Selva de Mar y hasta el día de hoy”.

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Antonio es consciente de que ha hecho gran parte de su vida en Barcelona pero le duele viajar a su pueblo y que lo consideren forastero.

“No soy de ninguna parte”, dice casi en un tono de conformidad. Y es que en el fondo sabe que no importa de dónde se sienta sino lo que ha logrado en la tierra en la que decidió quedarse. Desde que llegó ha ayudado a levantar, ladrillo a ladrillo, la Barcelona que hoy conocemos.

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Guillermo

Un mexicano que se pone a prueba en Barcelona.

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Guillermo Reyes Pozos rompe cualquier molde relacionado con migración mexicana: no se fue a Estados Unidos como los compatriotas que salen del país y no vino a España a estudiar como la gran mayoría de los jóvenes mexicanos que se establecen aquí por un tiempo.

Él vino de fiesta. Lo tenía clarísimo desde que pisó Barcelona, a finales de 2008 y pagó un mes de alquiler en el piso que compartía su amigo Omar.

Como traía dinero suficiente, no se preocupó mucho por lo que sucedería cuando venciera su visa de turismo y poco a poco, la ciudad lo fue conquistando.

“Durante dos meses y medio recorrí Barcelona de arriba para abajo siempre conociendo, comiendo bien…  Mientras tuve pasta no sufrí nada; me sentía como en la Colonia Roma del Distrito Federal. Pero cuando se acabó la pasta decidí quedarme porque para mí este viaje fue como volver a nacer”.

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Difícil de creer pero así fue. En cuanto se vio sin dinero, Guilermo no optó por volver a su país de origen sino que decidió luchar aquí. “Lo más fácil hubiera sido devolverme pero me gustó este lugar y quise quedarme para generar algo”.

A sus 23 años ya había trabajado como carpintero, albañil y tornero. Siempre se había sabido ganar la vida, así que pensó que Barcelona no le cerraría las puertas.

Un mes completo volvió a caminar las calles de esta ciudad pero ya no como turista sino como demandante de empleo. Las respuestas siempre eran las mismas: “trae tu número de la Seguridad Social y te hacemos el contrato” o “te hace falta un permiso de trabajo en España”.

Pero Guillermo, que sólo contaba con pasaporte y no tenía ni idea de cómo conseguir los dichosos ‘papeles’ seguía buscando. Parecía que nada lo haría desistir en su empeño por trabajar.

Proyecto Diàlegs Migrants

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“Sólo una vez gané 50 euros con un trabajito y eso me motivó más a quedarme”, explica con una naturalidad sorprendente. “Luego conseguí otro trabajo  pegando etiquetas de cerrajería y con eso me mantuve seis meses. Después conocí a una persona que estaba abriendo una tienda y le expliqué que yo era serigrafista y rotulista. Me dio la oportunidad de hacer el anuncio de su tienda y repartir la publicidad. Ahí tuve empleo durante otro largo tiempo. Yo seguía con la idea de que no me hacía falta ni ir a la escuela ni sacar los ‘papeles’”

A pequeños trabajos, grandes retos, parecía pensar Guillermo. Pero la suerte se le torció en enero de este año cuando viajaba en bicicleta y lo arrolló una moto. De milagro no se rompió nada pero la inmovilidad durante dos semanas lo obligó a reflexionar en lo que haría con su vida de ahí en adelante.

“Tuve que pedir ayuda en Cáritas porque ya no conseguía nada de trabajo. Era una agonía despertarme cada día y no hacer nada. Era como tener full de reinas en la mano y que te digan ‘tú no tiras’”.

La dueña del piso en el que –afortunadamente- podía seguir viviendo sin que le cobraran, le dio la idea que le permitió un nuevo giro a su historia: vender quesadillas. El típico plato mexicano que tan bien le salía, le empezó a dejar una buena rentabilidad y le dio el impulso que necesitaba para retomar sus estudios.

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¡A las aulas!

“Dejé la escuela a los 14 años porque decían que era un niño hiperactivo y con problemas de conducta. Por eso es que siempre  he trabajado. La mujer de Cáritas me dijo que me seguiría ayudando pero que debía hacer algo por mí y me inscribí a clases de catalán. Estaba muy contento aprendiendo catalán y vendiendo mis quesadillas pero quería estudiar más y me metí a un curso de ayudante de cocina en Mescladís”.

Más que aprender a cocinar, lo que le gusta de su curso es que ha aprendido a ser más disciplinado y constante, y que no es necesario perder su personalidad ni su identidad como mexicano para triunfar en otro país.

Guillermo siente que, por primera vez en su vida, debe terminar lo que empezó y no estará contento hasta que no consiga sus ‘papeles’. Para él no es sólo una cuestión de legalidad para encontrar un trabajo, es más que eso. Es un reto consigo mismo, el desafío que se planteó desde que retomó los estudios. “Necesito demostrarme hasta qué punto puedo crecer como persona. Estoy descubriendo un Guillermo que no conocía y quiero saber hasta dónde puedo llegar”.

Unido a este objetivo está el sueño de darse a conocer como grafitero. Él sabe que el trabajo artístico sobre las paredes molesta a muchas personas y por eso guarda celosamente sus diseños. Mientras estuvo convaleciente plasmó uno de ellos en una chaqueta que finalmente no pudo exhibir “porque la tinta cuarteó la tela”, pero lo conserva en un tatuaje porque está seguro de que tiene talento para mostrar su trabajo en otros formatos.

“El tiempo que he estado aquí me ha enseñado a ser paciente; así que no voy a darme por vencido hasta inmortalizar mi obra. Ése es mi sueño y ésa es la razón por la que me voy a quedar y seguiré peleando hasta el final”.

 

 Diálogo entre Antonio y Guillermo: La vida en Barcelona

La equiparación de derechos y la no discriminación son el único camino por el cual se puede llegar a desarrollar sentimientos de pertenencia en la sociedad que compartimos” Miguel Pajares, doctor en Antropología y miembro del grupo de investigación sobre Exclusión y Control Social en la Universidad de Barcelona.

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Historias Migrantes: Balance y perspectivas

La presencia de inmigrantes presenta un doble desafío para nuestra sociedad. Desafío a la democracia, a la salud de un sistema que tiene como bandera la igualdad y que no puede alimentarse de injusticias y discriminaciones por razón de etnia o procedencia. Y un desafío a nuestra esperanza de construir un mundo mejor” (Francisco Checa y Olmos, director del Grupo de Investigación del Laboratorio  de Antropologia Social i Cultural de la Universitad de Almeria

La emigración es el recurso más antiguo contra la pobreza. Escoge a aquellos que más ayuda necesitan. Es buena para el país de destino y ayuda a romper el equilibrio que sostiene la pobreza en los países de origen. ¿Qué tipo de perversidad reside en el alma humana, que provoca el rechazo de la gente a un bien tan evidente?’ John K. Galbraith, The Mass Nature of Poverty

 

A nadie sorprenderá que me identifique, e incluso que me sienta cómplice de exiliados, emigrantes, gente que busca una nueva vida lejos de su lugar de origen. El camarero salvadoreño en un restaurante de Los Ángeles, el tendero paquistaní en el norte de Inglaterra, el albañil senegalés en una obra de París, todos merecen nuestro respeto: cada uno de ellos ha realizado un viaje personal extraordinario para llegar a donde está, cada uno ha contribuido a la reorganización de la humanidad, cada uno es parte implícita de nuestra propia historia.”

Sebatiao Salgado, fotógrafo y Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1998

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